El "baguazo" o el fracaso de una política económica excluyente


Todos nos hemos quedado atónitos al recibir una a una las noticias procedentes de la selva peruana. Haber sido testigos en tan pocos días de una de las masacres más sangrientas que ha tenido el Perú en su historia republicana nos hace pensar en nuestra real condición de seres humanos, de nuestra fragilidad e incapacidad de convivencia común, de respeto a las diferencias y valoración de una misma raza. Decir sin afectarse que los enfrentamientos dejaron 24 policías muertos y por lo menos 9 civiles, nos hace preguntarnos cuánto valoramos realmente la vida como personas, ciudadanos y peruanos. Este hecho es a toda luz un fracaso de la convivencia y aceptación humana. Pero ¿cuál es o cuáles son los orígenes de este fracaso? ¿Qué hechos o situaciones hacen perder la distinción entre el ser humano y une ficha de un juego de mesa?

Hasta hoy ambas partes del conflicto se han responsabilizado mutuamente por la matanza en Bagua. Sin embargo, si nos detenemos a pensar en lo que ha dado origen a este enfrentamiento vemos que es la puesta en marcha de una serie de Decretos Legislativos que autorizan el uso de suelos y subsuelos de zonas habitadas y asumidas como propias por los “nativos”. Lo que esta detrás de esto es llevar a la zona un medio de desarrollo que ha tenido buenos resultados en otras partes del país y que viene siendo el buque insignia del modelo económico aplicado por el gobierno: la concesión de suelo peruano para la explotación de recursos naturales, nuestra mayor riqueza.

La minería y toda acción de explotación de los recursos naturales de manera transparente y respetando el medio ambiente, es sinónimo de desarrollo. Eso es evidente. Pero desarrollo no es sinónimo de prepotencia, de imposición y de ausencia de participación de las comunidades afectadas como parte del proceso. La concesión y la privatización en pos del desarrollo son hoy por hoy, junto con el comercio mundial y el flujo de capitales, los procesos que caracterizan al modelo neoliberal que aplican la gran mayoría de los países del orbe. Sin embargo, a un modelo neoliberal cuya base ideológica es el beneficio individual no se le puede exigir tener en cuenta el bien común, el consenso y el respeto de las minorías. Aquí entran a tallar otros agentes del desarrollo y entre ellos, con un papel protagónico, el Estado.


Equívoco spot oficial sobre lo ocurrido en Bagua

El Perú es un país cuyo Estado es democrático y, con altos y bajos, se ha mantenido así durante los últimos años. A un gobierno democrático cuya base ideológica es la participación y el respeto a las minorías, sí se le puede exigir que juegue su papel y que entre a negociar sabiendo el rol que le corresponde. Este ha sido el núcleo del conflicto: un gobierno cuyo papel mediador fue nulo. Un gobierno sesgado a favor de unos pocos bien posesionados de recursos e influencias, frente a muchos desplazados históricamente de la escena de desarrollo del país. Este hecho tarde o temprano debía explotar y lamentablemente lo hizo a costa de muchas vidas humanas que son, a fin de cuentas, el fin último de la búsqueda de beneficios. Entonces, ¿De qué sirve buscar el bienestar cuando, una vez más, son pocos los que disfrutarán del mismo? Esto no justifica, pero sí explica, las reacciones extremas de los peruanos y peruanas de la selva. Ahora bien, ni se justifica ni se explica la represión criminal utilizada por el gobierno, no tanto para liberar una vía, sino para imponer un modelo y un criterio de desarrollo digitado desde los grandes capitales. Obviamente, no queda sino esperar del gobierno la defensa recalcitrante de sus ministros y de una bancada parlamentaria cuyos únicos fines son el rédito político y el poder social y económico.

Lamentablemente, el problema es aún mayor. Es un problema de fondo que nunca abandonará el imaginario de la nación peruana. Es el tema del respeto y de la convivencia de las diferencias. Hablamos de pluriculturalidad, pero actuamos bajo criterios uniculturales. La serie de paros y movilizaciones al “interior” del país, no hacen más que decirnos que en el Perú somos muchos más de los que nosotros pensamos y queremos. Bajo esa simple lógica, hablar de desarrollo implica hablar de desarrollo para todos. Si hablamos de modelos, han de ser modelos que beneficien a todos. Que no es posible, que eso toma tiempo y esfuerzo extra, entonces me pregunto, ¿qué nos apura?, ¿qué buscamos a fin de cuentas, si lo que buscamos a corto plazo nos lleva a la muerte, al conflicto y a la fragmentación institucionalizada?

Hoy, después de esta catástrofe, decimos que el diálogo es la salida. Vaya novedad. Pero, lamento decir que el diálogo es mucho más que la acción de comunicarse. Diálogo es reconocimiento, y el reconocimiento es aceptación. En el Perú, cuyo gobierno quiere proponer un diálogo, ¿nos reconocemos?, ¿nos aceptamos? Hay que dar muchos pasos previos antes de dar solución a este conflicto, porque de lo contrario, más “baguazos”, más masacres y más gobiernos prepotentes escribirán la historia de este Perú que muere y renace cada día por hacerse notar diverso.

Juan Bytton, S.J. (Lima). Licenciado en Economía por la PUCP. Hace el Magisterio en la Pastoral Juvenil y la Promoción Vocacional.


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Por un alto a la violencia en la selva peruana

Pronunciamiento del Presidente de la Conferencia Episcopal Peruana y la Defensoría del Pueblo sobre los últimos hechos de violencia sucedidos en la Selva Peruana

¡ALTO A LA VIOLENCIA!


El Presidente de la Conferencia Episcopal del Perú y la Defensora del Pueblo lamentan profundamente el descenlace violento que viene ocurriendo en el departamento del Amazonas, ciudades de Bagua Chica y Bagua Grande, entre otras, que ha ocasionado la muerte de civiles y policias y un saldo de varios heridos.

La vida es un valor supremo que en cualquier circunstancia debe ser protegida y privilegiada, tanto la de nuestras comunidades nativas históricamente desatendidas, como las que quienes, en cumplimiento de su deber constitucional, procuran el restablecimiento del orden.

Hacemos un clamoroso llamado a la serenidad y demandamos que, de manera inmediata, cesen los enfrentamientos entre compatriotas. Es urgente que se atienda sin distinción a las personas heridas y a las que se encuentran en riesgo y que se proceda en el más breve plazo a restablecer el canal del diálogo, que nunca debió ser interrumpido, y que debe ser utilizado como la única vía para resolver pacíficamente los conflictos.

Concientes de nuestro deber de protección de la vida y de los derechos fundamentales de las personas, invocamos a todas las autoridades y dirigentes a optar por el diálogo y la paz y nos mantenemos a disposición del país para colaborar en lo que nos sea requerido, a fin de devolver la tranquilidad a las poblaciones afectadas y a todo el Perú.


+ Monseñor Miguel Cabrejos Vidarte, OFM.
Arzobispo de Trujillo
Presidente de la Conferencia Episcopal Peruana

Dra. Beatriz Merino Lucero
Defensora del Pueblo

Carta del Apostolado Social de la Compañía de Jesús en el Perú

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El Hno. Dorado en La República


El jueves 21 de mayo, la edición del norte del diario La República ha publicado, en sus dos páginas centrales, una interesante entrevista al hermano Florentino Dorado SJ, a propósito de sus 50 años en la Compañía de Jesús. Como recuerdan sus ex-alumnos, el Hno. Dorado ha dedicado casi toda su vida a la educación de la juventud, trabajando 15 años en el Colegio San José de Arequipa y 30 años en el San Ignacio de Piura. La entrevista la hace Julio Talledo, periodista ex-alumno del San Ignacio. ¡Felicidades Florentino!

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Busco algo que aún no encuentro - Jesuitas


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De por qué el pasado condena a Fujimori

En 1990 yo tenía solo quince años y me encontraba en quinto año de secundaria cuando Alberto Fujimori fue elegido presidente. El “tsunami” le llamaron porque surgió de la nada y superó al gran favorito y prestigioso Mario Vargas Llosa. De antiguo rector de la Agraria con un programa de televisión en el canal del Estado pasó a convertirse en el hombre más importante del país. “Honradez, Tecnología y Trabajo” fue su lema y montado en un tractor llamó la atención de todos los peruanos durante la campaña presidencial, en la que criticó las posturas neoliberales de Vargas Llosa, lo que no le impidió poco tiempo después y con la banda presidencial en el pecho, aplicar las mismas medidas que tanto había criticado. Es quizá en ese momento en el que debimos habernos dado cuenta que “el chino” no era tan honesto como parecía. Como se dice popularmente nos “metió la yuca”. Y eso que apenas empezaba su gobierno.


En 1980 yo tenía apenas cinco años y cursaba el primer grado de primaria cuando Fernando Belaunde Terry fue elegido presidente. Era el retorno de la democracia al Perú. Ese mismo año Sendero Luminoso se estrenaba como grupo terrorista y Edith Lagos, una de sus líderes, moría en Chuschi, en aquella primera incursión que fue considerada por las autoridades del momento como “sin importancia”. El terror senderista daba sus primeros pasos y el gobierno no levantaba ni las cejas. Nos tocaría pagarlo muy caro. La década del 80 estaría marcada por sucesos como los de Uchuraccay, donde un grupo de periodistas fue asesinado brutalmente. La violencia se desataba en el Perú y nadie sabía cómo detenerla. Y con esos ecos fuimos creciendo, yo y los de mi generación, acostumbrados a estudiar a la luz de las velas por los constantes apagones que oscurecían aún más las noches limeñas.

A mí no me tocó vivir la violencia terrorista en carne propia. Pero soy de la generación de aquellos que crecimos en plena situación de violencia. Cuando ingresé a la universidad en 1991 lo primero que me dijeron en casa fue “no te vayas a meter en política, ahora es muy peligroso”. Los apagones, los coches bombas, los atentados, eran el pan nuestro de cada día. Estudiar periodismo en los 90 me obligaba a estar al día del acontecer nacional. Fue así como me enteré de lo que ocurrió en Barrios Altos (noviembre de 1991) y en la Cantuta (julio de 1992). Dos hechos que fueron sacados a la luz por periodistas responsables y arriesgados. Dos hechos que seguí de cerca mientras estudiaba. Dos hechos que me causaron miedo e indignación. Yo sentía que yo podía haber sido alguno de esos estudiantes desaparecidos. Y ya entonces habían voces que se alzaban para exigir explicaciones, que pedían justicia, que responsabilizaban a Fujimori. Pero nadie parecía escuchar. “Es el precio de la guerra interna si algunos inocentes mueren”, decían algunos. Algo muy parecido dijo el gran sacerdote Caifás para justificar la muerte de Jesús: “Es mejor que un solo hombre muera en lugar de todo el pueblo”.


Hoy han pasado ya muchos años desde que aquellos hechos ocurrieron. Mucha agua ha corrido bajo el puente. Abimael Guzmán fue capturado, Sendero Luminoso fue reducido casi hasta su extinción (cosa no del todo cierta como lo prueban algunos de sus movimientos en la zona del VRAE), Fujimori huyó del país para renunciar a la presidencia a través de un fax y Valentín Paniagua formó la Comisión de la Verdad y Reconciliación, cuyo Informe da cuenta de lo acontecido en el período 80-2000, veinte años de violencia, que le costaron al Perú la cantidad de 70 mil personas, muertas o desaparecidas a manos de las organizaciones subversivas o por obra de agentes del Estado. ¿Qué es lo que nos toca hacer? Dar vuelta la página como si nada hubiese ocurrido? ¿Olvidar a las víctimas, sean éstas de un lado o del otro?

Fujimori acaba de ser condenado a 25 años de prisión. Quizá debí empezar escribiendo el texto con esta frase. Pero sin darme cuenta hice un viaje personal hacia el pasado. Porque creo que hay que volver al pasado para poder comprender mejor el presente. Y la pena impuesta a Fujimori solo se puede entender a la luz de los hechos ocurridos en el tiempo de su gobierno. No puedo negar que me alegro que se haya hecho justicia. Fujimori ha sido condenado por crímenes contra lesa humanidad y secuestro, “como autor mediato de la comisión de los delitos de homicidio calificado, asesinato bajo la circunstancia agravante de alevosía en agravio de los estudiantes de La Cantuta y el caso Barrios Altos” (ver infografía).

Y si me alegro no es por un afán revanchista. No me alegro de la desgracia ajena. Porque es cierto que a sus 70 años, Fujimori la va a pasar muy mal en la cárcel. Pero vivimos en un estado de derecho, en el que cada ciudadano tiene derechos, pero también deberes. Y cuando éstos se infringen, se deben asumir las responsabilidades. Fujimori sabía lo que ocurría con el Grupo Colina, grupo que contaba con su apoyo y con sus felicitaciones, cuyos miembros fueron incluso indultados después de haber sido condenados. No solo sabía lo que pasaba, sino que estaba de acuerdo. Acaso era el precio que había que pagar por estar en guerra? Es acaso esta respuesta la que le podemos dar a la familia de estas personas, a las madres y hermanas, que cual Suplicantes de Eurípides, lloran por justicia, para poder enterrar los restos de sus seres queridos. Ni siquiera ese derecho se les permitió.


Fujimori debe ir a la cárcel, como todos los que participaron en todas estas matanzas, porque no se pueden esconder tras la excusa de la guerra interna para justificar las atrocidades que cometieron. Porque aquellas personas que fueron secuestradas, asesinadas, acribilladas, enterradas e incineradas, eran tan peruanos como quien lee este texto, como yo que lo escribo. La época de la violencia solo originó más violencia, que nos matáramos entre hermanos, unos cegados por la ideología marxista-leninista-maoísta, los otros por la sospecha y un soterrado racismo. Lo vivido durante todos esos años debe enseñarnos a no repetir lo vivido, a reconocer cuáles son nuestros temores y nuestros fantasmas entre peruanos. Quizá debamos comenzar por hacernos conscientes de lo diferentes que somos y de lo difícil que puede ser vivir juntos, pero que estamos invitados a hacerlo, que formamos parte de un cuerpo más grande, en cuya diversidad está su riqueza.

No podemos negar que Fujimori tuvo varios aciertos durante su gobierno. El empezó a sacarnos del agujero negro económico en el que nos dejó el primer gobierno de Alan García. Y fue finalmente Fujimori quien erradicó la violencia terrorista de nuestro país. Dos logros que no podemos negárselos. Pero también hizo mucho daño. Destruyó la poca institucionalidad que había en el Estado. Permitió además que la corrupción creciera como un monstruo de mil brazos, como lo mostrarían los “vladivideos”. Pero fundamentalmente porque dejó que se cometieran abusos de poder que produjeron la muerte de miles de personas, porque en su calidad de presidente debió garantizar a sus ciudadanos un mínimo de seguridad. El renunció a ello, dejando en las manos de otros la responsabilidad de decidir sobre las vidas de campesinos o universitarios, hombres o mujeres, ancianos o niños. Pienso en el pequeño Javier Ríos que apenas tenía ocho años cuando fue acribillado en Barrios Altos y no puedo evitar indignarme. Y llego entonces a la misma conclusión: Fujimori merece estar tras las rejas. Que nuestros gobernantes aprendan pues la lección. No son todopoderosos, no pueden decidir sobre las vidas de otros. Y sí, me alegro de pensar que en el Perú de hoy es posible creer en la justicia.

Víctor-Hugo Miranda, S.J. (Lima). Licenciado en Ciencias de la Comunicación. Estudia teología en el Centro Sèvres de Paris.

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La sentencia


Mientras el ex-presidente lo niegue, nunca sabremos con certeza si Fujimori sabía de la existencia del comando Colina. Sin embargo, lo trágico no es esta eventual ignorancia. La sentencia condenatoria no obedece al hecho de que Fujimori desconociera lo que ocurría en términos de lucha antiterrorista durante su gobierno. Ella obedece al hecho razonable de pensar que el presidente de la República es y era quien debía diseñar el plan de lucha antiterrorista y a que, incluso si desconocía los métodos, esta ignorancia merece una condena. Es decir, incluso en el caso de que no hubiera conocido ni la existencia de este comando ni sus operaciones, como jefe de estado, Fujimori debió al menos dejarse conmover por los muertos de Barrios Altos, de La Cantuta y por los atropellos del SIE. Incluso en el caso de que los asesinados hubieran sido terroristas – cosa que la última sentencia rechaza –, nadie merece ese tipo de violencia. El argumento es elemental: ¿cómo matar sin convertirse en lo que se rechaza? Lo que habría que preguntar es en qué momento y por qué motivaciones el gobierno de Fujimori decidió remedar la bestialidad terrorista.

Aunque este espacio no permita dar una respuesta satisfactoria, sin duda en el combate contra el mal lo más difícil es salir de los márgenes en el que el mal nos coloca. El mal, en cualquiera de sus formas, es parasitario. El mal vive de la provocación y de la exacerbación con el fin de traernos a su modus operandi. El mal triunfa cuando la víctima del mal se encuentra, casi a pesar suyo, emulando sus métodos y sus acciones.

Ninguna persona en su sano juicio puede negar que lo que hizo Sendero Luminoso fue terrible. Mi convicción personal es que, bajo una pretendida fachada política, Sendero Luminoso encarnó y encarna al mal que parasita nuestra nación. Este grupo terrorista ha infligido el más grave daño al Perú y hará falta mucha voluntad y mucho esmero para superar las profundas heridas causadas. Cuántos policías, cuántos miembros de las fuerzas armadas, cuántos civiles en todo el país, cuántos niños, cuántos peruanos encontraron la muerte a manos de este grupo de eufóricos militantes. ¿Puede alguien justificar esa violencia aludiendo a situaciones de pobreza o de abandono? ¡Cómo si no fuera posible la revolución desarmada!

Cuando el jefe de estado decidió embarcarse en el proyecto de dar amnistía a quienes habían reproducido la barbarie senderista, pactó con un estilo que el peruano promedio rechazaba con indignación. Fujimori debía haberse interesado en conocer la verdad sobre todo al saber que entre las víctimas había un niño de ocho años. Eso no podía ni debía ignorarlo. Si es cierto que ignoraba lo que Vladimiro Montesinos o De Bari Hermoza hacían a sus espaldas, se equivocó gravemente al no querer reconocer lo que tenía delante. Sólo esa pretendida ignorancia es inadmisible y – a pesar de su testimonio –, poco probable.

No se debe ceder ante la violencia. No se puede pactar con ella de ninguna manera. Hay que estar espiritualmente dispuestos siempre a rechazar el mal. Esta semana, los cristianos recordamos la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Los evangelios recuerdan que, al acabar la última cena, Jesús y sus discípulos recitaron los salmos tradicionales para celebrar la pascua judía. Asimismo, mientras Jesús estuvo en la cruz, atormentado por la violencia y la barbarie, recitaba el salmo 22: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Curiosa manera de disponerse a la entrega y de morir: Jesús muere recitando los salmos que recuerdan la Alianza de Dios con los suyos y la Alianza es la ley. Morir con la ley entre los labios, rumiándola y sintiendo su espesor, su densidad y su aspereza no tiene nada que ver con la violencia desenfrenada de Sendero Luminoso. Y esto, hace muchos siglos que ya no podemos ignorarlo. El vínculo con esta Alianza puede liberarnos de la tentación de reproducir la irracionalidad del mal; el vínculo con Dios nos libera de la tentación de quedarnos atrapados por un comercio con el mal. Es difícil imaginar otro modo de permanecer indemne cuando tenemos que habérnoslas con el mal.

Rafael Fernández Hart, S.J. (Lima). Filósofo. Candidato al doctorado en Filosofía en el Centro Sèvres de Paris.

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Tiempo de Resurrección

Jesús Resucitado de Bernardo Bitti, Sj
Iglesia de la Compañía de Jesús de Arequipa

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La ambigüedad radical: el caso Baily


A través de “El Francotirador”, Jaime Baily habla de su vida privada y pública, y mezcla estos dos escenarios. Se convierte en show. Pero, yo televidente, ¿tengo acaso que saber qué substancias consume, con quiénes iba al burdel o cuántas veces se ha emborrachado? ¿Tengo que conocer los detalles de su vida sexual o psicológica? La solución ociosa – que se niega a pensar el problema – diría: “bueno, no tienes que mirar el programa. ¡Cambia de canal!”. ¡Cómo si cambiar de canal resolviera el caso Baily! Otra solución, más displicente, sería la de no darle importancia: “sabe Dios si será cierto. Sólo bromea”. Entre estas dos soluciones merece la pena que nos preguntemos, más allá de la simpatía que “El Francotirador” pueda provocar, qué pasa con la televisión. Un ejemplo para ilustrar el problema: “El Francotirador” repite con frecuencia al invitado de turno: “acá te queremos mucho”. Con la misma tranquilidad, una semana después, se burla de la persona a la que hizo esta confesión. De este modo, subvierte el lenguaje y hace banal el hecho de querer y el de decírselo a alguien. “El Francotirador” podría alegar a su favor que, cuando se burla de alguna persona, su intención es tomar el pelo. Pero ¿cuál es el límite? ¿Se ha puesto acaso a pensar en sus límites? ¿No se le ha ocurrido pensar en que puede herir a la gente? Hace poco, la modelo Viviana Rivasplata fue entrevistada por Rosa María Palacios. Viviana Rivasplata se quejaba porque Jaime Baily la había insultado al decir que era una “forajida” y una “roba-novios”. “El Francotirador” se disculpó una semana después, pero de tal modo que su “público maravilloso” – como suele llamar a su público cómplice – debe haber quedado con la impresión de que no sólo el periodista no se retractaba, sino de que la protesta de Rivasplata era ridícula e infundada.

Este ejemplo ilustra un cinismo amoral: ni hay sinceridad, ni se obedece a las convenciones que el uso social estipula. El hecho de que una persona sea “pública” no significa que su vida privada lo sea también. Esta es una confusión recurrente de la televisión del Perú: Jaime Baily, en su rol de “francotirador” renuncia a su derecho a la vida privada, pero ¿es tan sencillo renunciar a un derecho? ¿No corremos el riesgo de pensar que todo personaje de la televisión tiene que hacer lo mismo? Al renunciar a ese derecho, Baily instaura un estilo que no puede generalizarse de ningún modo: ningún personaje público debe renunciar a su privacidad. Este es un caso en el que el respeto de su derecho sirve de modelo a la ciudadanía. ¿Por qué Baily sacrifica su vida privada? Una de las razones (y no debe ser la única) es que Jaime Baily debe encontrarse en la encrucijada de no poder decidirse por Jaime Baily o por “El Francotirador”, por el individuo y su personalidad o por el rol; lamentablemente, la mayor parte de las veces cede ante el rol, ante el show, ante la puesta en escena. Sería bueno que de vez en cuando “El Francotirador” dejara su rol, y mostrara su rostro vulnerable porque hasta cuando pretende mostrarse vulnerable (reconociendo sus múltiples defectos, por ejemplo), lo hace desde el estrado y en una puesta en escena. Mostrarse vulnerable no significa exhibir su vida privada; eso es una indiscreción, una falta de pudor y una imprudencia. Mostrarse vulnerable significaría no hacer show de la disculpa, por ejemplo; disculparse sin mirarse a sí mismo cuando se disculpa .

Pero ¿por qué digo que el mensaje vehiculado por “El Francotirador” puede ser pernicioso? “El Francotirador” no juzga, ni condena a las personas. Eso más bien es favorable. El problema es que, casi a pesar de él, comunica una confusión de fronteras: no se sabe si es honesto o se burla, si se compadece o es indiferente, si sufre o se hace, si es sencillo u orgulloso, si es amigo o enemigo, si es sincero o charlatán, en suma, si es auténtico o simula. Es como si hubiera logrado sintetizar en él un conjunto de ambigüedades hasta el punto de hacerse la ambigüedad misma. “El Francotirador” es diletante. Curiosa constatación: quien debería mostrarse seguro en su puntería es tironeado por fuerzas que no lo dinamizan. Su mensaje es la ambigüedad misma de allí que uno no sepa en qué dirección va su discurso.

Se suele decir que el filósofo Nietzsche es nihilista porque, entre otras cosas, se presenta como auténtico y porque propone una inversión general de todos valores, pero ¿Jaime Baily es nietzscheano? Nunca he oído decir a Baily que sea nietzscheano, pero me parece útil confrontar Nietzsche, un hombre vital, instintivo y nihilista con Baily para mostrar por oposición que “El Francotirador” ganaría mucho con tener un discurso con la consistencia de Nietzsche. A favor de Nietzsche, habría que decir que no es el nihilista que ferozmente se lleva de encuentro todas las creencias so pretexto de autenticidad.

No es el lugar para discutir la difícil relación que existe entre un valor y una pulsión en Nietzsche, pero resumamos y simplifiquemos. Un valor es por ejemplo la “fidelidad” o el “decir la verdad”. La pulsión por excelencia es la erótica y las pulsiones en general podemos caracterizarlas como la espontaneidad misma. Cabría preguntarse: ¿qué es primero el valor o la pulsión? ¿La pulsión es causa del valor? ¿O el valor es causa de la pulsión? Una lectura distraída de Nietzsche podría hacer creer que él propone una inversión de la relación habitual que existía entre el valor y la pulsión. De esta manera, si el cristianismo tenía en claro que el valor dirigía la pulsión (el Bien suscita el amor del bien y de los actos de bondad), Nietzsche haría lo contrario: propondría pulsiones de las que nacerían nuevos valores. Sin embargo, Nietzsche no invierte la relación entre valor y pulsión, lo que hace es “invertir” los valores para procurar que otras y nuevas pulsiones puedan aparecer. Intentemos entender esta relación entre valor y pulsión, usemos una comparación: un partido de futbol supone reglas y normativas (asumamos que son los valores). Los jugadores (las pulsiones) salen a la cancha, pero deben orientarse en función de ciertas normativas de tal manera que el juego tenga sentido. Invertir la relación entre valor y pulsión equivaldría a pretender que los jugadores salieran a la cancha a perseguir la pelota sin consideración de quién es mediocampista, defensa, atacante, etc. Imaginémonos por un instante ese partido de futbol en que veintidós jugadores persiguen la pelota: ¿quién entendería algo? Nietzsche no pretendía ese escenario, “El Francotirador”, cuya metodología y finalidad es la ambigüedad, sí.

Jaime Baily opta por jugar el rol de “El Francotirador”, pero al hacerlo convierte todo en una puesta en escena. En esta puesta en escena nada es definido ni definitivo. La consecuencia que se sigue es que quienes se convierten en televidentes pasivos absorben un discurso sin límites, ni dirección porque todo está al servicio del show. Poco importa ser auténtico porque el objetivo es apenas parecerlo.

Rafael Fernández Hart, S.J. (Lima). Filósofo. Candidato al doctorado en Filosofía en el Centro Sèvres de Paris.


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De Laponia a China: la epopeya de los jesuitas astrónomos

En el marco del Año Internacional de la Astronomía, continuamos presentando algunos de los principales aportes de la Compañía de Jesús al desarrollo de la ciencia de los astros >>>

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Un museo de la memoria: una mirada teológica


El gobierno actual del Perú ha rechazado la iniciativa alemana para crear un museo de la memoria. Lo más probable es que las razones de esta negativa sean políticas y, si bien es cierto, hace falta hacer un análisis político con el fin de desentrañar las motivaciones que podrían estar detrás, prefiero suscribir los análisis que otros entendidos en el asunto han hecho y ofrecer más bien una aproximación teológica.

Los hechos históricos no son siempre, pura y simplemente, “hechos”. Y, tal vez por eso, siempre es posible objetarlos, ignorarlos, negarlos o querer olvidarlos. Podría decirse que los hechos de la historia cargan una fragilidad que consiste en que siempre son interpretados. Incluso cuando relato un hecho, acentúo esto o aquello según mi estado, según mis interlocutores y según el tipo de relación que quiero establecer entre mi mismo, el hecho y quienes oyen. Los hechos no son simplemente “hechos” porque están siempre en relación a la narración y la narración nos incluye a todos en su movimiento.

Pero tomemos una narración conocida. Jesús es un personaje de la historia, y la religión cristiana existe no sólo como conjunto de prácticas litúrgicas o de devoción, sino, sobre todo, como memoria del hecho Jesucristo. En la teología política se habla desde hace algunas décadas de la “memoria peligrosa” de Jesús porque al recordar la pasión y la resurrección de Jesús, ésta cuestiona – como lo hizo en su época – los sistemas humanos que albergan la perversión. Dicha memoria crea una identidad cristiana e inspira un actuar cristiano en el mundo. El cristianismo cuenta y recuerda una historia que está en relación con nosotros. Al hacerlo interpela las identidades – individuales o colectivas – en vista de una liberación y de la salvación.


Ahora bien, precisamente porque el hecho de Jesucristo se nos presenta, se nos da con su fragilidad, lo que hace la religión es ofrecer un testimonio. El cristianismo, que habla de Jesús, el Cristo, es testimonio y en consecuencia agrupa a un conjunto de testigos. La verdad pasa y se comunica a través del testigo. El testigo recuerda y, al hacerlo, comunica un sentido vital que inspira toda la historia. No en vano, san Juan, al final de su Evangelio, dice: “Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y escribió estas cosas; y sabemos que su testimonio es verdadero” (21,24).

¿Qué ha permitido la continuidad de este testimonio? Ha permitido modificar la sensibilidad de un grupo humano para vigilar la historia, para hacer que ella reúna todas las condiciones para transcender. El cristiano se dice testigo del reino porque al reconocerse en una historia única se proyecta hacia el futuro. Su compromiso con el testimonio lo hace sensible a la historia actual.

Si todo museo, a través de los objetos que reúne, está llamado a reconstruir nuestra historia, un museo de la memoria sería la mejor manera de testimoniar que nuestra historia ha conocido el sufrimiento y que hemos decidido hacer de esta tragedia un acicate para rehacernos. A lo largo de los años, este museo sería un testimonio para evitar la fragmentación de nuestra identidad: transformaremos la sensibilidad del peruano, lo haremos mejor, lo haremos más consciente y habremos suscitado en él que el deseo de avanzar como colectividad sea más grande. La identidad se encuentra en el acto de la memoria, pero además la memoria es la condición de toda redención porque toda redención echa sus raíces en la historia.

Rafael Fernández Hart, S.J. (Lima). Filósofo. Candidato al doctorado en Filosofía en el Centro Sèvres de Paris.


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Christiam y Tito: dos nuevos estudiantes jesuitas

Christiam - Tito

Al mediodía del sábado 28 de febrero, los novicios Christiam Núñez y Tito García confirmaron su seguimiento radical al Señor al pronunciar sus votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia en la Compañía de Jesús. La Eucaristía estuvo presidida por el P. Oscar Morelli, maestro de novicios, y fue concelebrada por un buen número de sacerdotes de la Compañía, llegados desde distintos puntos del país. También acompañaron a Christiam y a Tito sus familiares más cercanos, así como un nutrido grupo de amigos, en mayoría arequipeños. El P. Jerónimo Olleros, en nombre del P. Provincial, hizo entrega a cada uno de los "votantes" de la tradicional cruz de votos, la cruz que cada jesuita recibe al hacer los votos y que se convierte en adelante en uno de los mejores recuerdos de su vida consagrada. El P. Jerónimo agradeció al P. Oscar y al equipo de formadores del Noviciado de Arequipa por todo el esfuerzo entregado en la formación de los novicios en estos años. Nuestros nuevos compañeros jesuitas continuarán su formación en el Juniorado de Lima, comenzando los estudios de humanidades en la Universidad Ruiz de Montoya.


Christiam Núñez, Sj (Arequipa): exalumno del Colegio jesuita de San José y graduado en odontología por la Universidad Católica Santa María de Arequipa.

Tito García, Sj (San Ignacio-Cajamarca): exalumno del Colegio Tito Cusi -dirigido por muchos años por los jesuitas del Vicariato San Francisco Javier- y graduado en Contabilidad por la Universidad Garcilazo de la Vega de Lima.

¡Bienvenidos Compañeros!

¿A qué llamamos "votos" en la vida del jesuita?

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La comunicación: un desafío para la Iglesia

El reciente incidente surgido entre la Iglesia y algunas autoridades políticas y religiosas a propósito de la historicidad del holocausto judío, ha sido atribuido por el P. Federico Lombardi, portavoz del Papa, a un problema de comunicación en la curia vaticana1. Como recordaremos, Benedicto XVI decidió levantar la excomunión2 aplicada por su antecesor a un grupo conservador que en los años 70 optó por desconocer las conclusiones del Concilio Vaticano II, el evento que abrió las puertas de la Iglesia al mundo moderno. El problema es que el mismo día en que se firmó el decreto de revocatoria, la televisión sueca emitía una entrevista a Mons. Richard Williamson, parte del grupo conservador, donde éste desconocía la existencia de cámaras de gas en la Alemania Nazi. Rápidamente, buena parte de la opinión pública vinculó el levantamiento de la excomunión con las ideas de Williamson; a los ojos de muchos la Iglesia parecía consentir tal postura negacionista. Solo cuando este supuesto desencadenó las numerosas críticas que los medios han hecho circular, el Vaticano dio a conocer una nota donde manifestaba el espíritu de su decreto y su desconocimiento de las declaraciones de Williamson; es más, se exigía la rectificación del obispo.

Indudablemente, el incidente puede verse desde varios planos, donde también entran en juego algunas posiciones preestablecidas -por ejemplo, la reiterada acusación al Vaticano de colaboracionismo con el régimen Nazi, o la imagen conservadora de Benedicto XVI. Pero, trascendiendo la actual dinámica política de la Iglesia, esta situación puede servirnos a los católicos para mirar cómo están funcionando algunas cosas al interior de casa, concretamente, en relación al tema de la comunicación. Los hechos pueden resultar aleccionadores para una Iglesia que aún tiene varias dificultades para situarse en un mundo tan hipercomunicado como es el nuestro.

Las palabras “catholic church” introducidas en el buscador de Google arrojan 29 millones de páginas web. Los funerales de Juan Pablo II -el papa mediático- y el posterior cónclave gozaron de una cobertura televisiva histórica. La participación de Benedicto XVI en la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney ha sido reconocida como un acontecimiento tecnológico en Australia. Estas afirmaciones revelan la gran presencia de la Iglesia en los medios masivos de comunicación, orgullo de los sectores más conservadores, que a pesar de su antimodernismo han sabido apostar por la eficacia de los mass media. Ahora bien, ¿esta visibilidad planetaria, marcada por los grandes eventos eclesiales, revela realmente a una Iglesia mejor comunicada con el mundo, es decir, expresa una mejor comunicación de sus enseñanzas?

Reciente iniciativa del Vaticano de abrir su propio canal en You Tube

Evidentemente, si los medios consiguen poner en boca de todos los grandes acontecimientos del catolicismo, ello permite a la Iglesia mantener cierto vínculo con sus fieles, y de paso fortalecer su valor institucional en la sociedad. Sin embargo, podemos constatar que los mismos medios que ayer anunciaron al mundo las palabras conciliadoras de Benedicto XVI en los Estados Unidos, hoy ponen en entredicho su auténtica voluntad de reconciliación con el pueblo judío, como hace algún tiempo, luego del discurso de Ratisbona, divulgaron las acusaciones de intolerancia con el Islam lanzadas por sus detractores. Es en esta línea que el reciente conflicto protagonizado por el levantamiento de la excomunión a los obispos separatistas nos deja una gran interrogante. Si tomamos en cuenta la intención del papa de ofrecer a través de este decreto un gesto de apertura en el marco de la Semana de oración por la unidad de los cristianos ¿por qué el mensaje que Benedicto XVI quiso trasmitir a la Iglesia no pudo ser desde el inicio mejor comunicado y mejor comprendido por los fieles? Al parecer, para comunicar mejor la vida de la Iglesia al mundo hacen falta algunos elementos que escapan a su sola presencia en los medios de comunicación, al uso de las nuevas tecnologías e incluso a la buena voluntad. La dificultad de la Iglesia para situarse dentro del funcionamiento mundial de la comunicación parece más bien reflejar dos realidades: la falta de un diálogo profundo con la actual cultura de la comunicación, y, por otro lado, la complejidad de los flujos de comunicación al interior de la Iglesia.

En principio, el esfuerzo de toda institución por asumir el uso de los mass media debe ir acompañado de un esfuerzo de comprensión de los mecanismos que operan detrás del conjunto de los medios. En este sentido, si bien la comunicación mundial está sujeta a diversos intereses -entre los cuales prima el sostenimiento de los propios medios- también debemos reconocer los logros de la comunicación, y los cuestionamientos que ella plantea a nuestras instituciones humanas. A la comunicación moderna podemos reconocerle, por ejemplo, su carácter democratizador. Los medios hoy permiten el acceso de grandes mayorías a la información, pero también suponen que toda autoridad pública así como sus decisiones, pueden ser sujeto de exposición y cuestionamiento. Si en una sociedad plural los medios exponen ante el mundo a nuestros gobernantes políticos o a nuestros dirigentes laborales, también han alcanzado, con toda legitimidad, a nuestras autoridades religiosas. Asimismo, en esta cultura de la comunicación todos los que deseen pueden ejercer el oficio de comunicador desde la comodidad de su casa y sin necesidad de una autoridad oficial; allí está el ejemplo de los blogs, donde católicos de distintas tendencias discuten diariamente sobre el acontecer eclesial.

Para situarnos en este panorama, a los católicos quizá nos haga falta un poco más de sintonía con la actual cultura comunicacional, es decir, cierto conocimiento de sus mecanismos y apertura a sus sensibilidades. Así como la Iglesia no puede aislarse de las preocupaciones y expectativas de la sociedad, tampoco puede hacerlo de sus dinámicas de comunicación, sean formales o informales. Es importante comprender que en esta nueva cultura, la comunicación funciona con reglas propias, y que hace falta conocerlas para tomar posición, no necesariamente con un activismo mediático que pueda caer en un exhibicionismo ingenuo, pero tampoco con la respuesta reactiva de quien ve en la comunicación moderna solo superficialidad y amenaza. En este sentido, dice el padre Lombardi, refiriéndose al papel de los medios en el reciente incidente eclesial, que los medios de comunicación no han sido ni más buenos ni más malos que en otras ocasiones, sino que reflejan nuestro mundo. Para el portavoz del Papa, el mensaje de la Iglesia con frecuencia va contra la corriente del pensamiento de la mayoría, del que los medios son por naturaleza portavoces, pero las reacciones de los medios también pueden ser positivas.

San Pablo: ejerció la comunicación desde el corazón de la Iglesia

En consecuencia, podríamos pensar también que una mejor posición de la Iglesia en la actual cultura de la comunicación no pasa solo por el uso de los medios, sino por un cambio en su dinámica comunicativa interna. Quizá sea importante plantear nuevos esquemas de comunicación, por ejemplo, en la curia vaticana, donde la confianza en el otro -más allá de su “orientación eclesial”- y el trabajo en equipo primen cuando se trata de temas que atañen a la credibilidad de la Iglesia en la sociedad. Esto implicaría, sin faltar a la virtud de la prudencia, mayores relaciones de confianza, transparencia y democracia. Ciertamente, el conocimiento colectivo entre nuestros dirigentes de las importantes decisiones eclesiales redundaría en una mejor justificación de sus argumentos frente a las dudas y cuestionamientos, facilitando respuestas coherentes y rápidas ante la velocidad de la comunicación actual. Este parece ser también el espíritu del P. Lombardi cuando señala que todavía falta crear una cultura de la comunicación en el seno de la Curia, en la que cada dicasterio comunica de manera autónoma, sin pensar necesariamente en pasar por la Oficina de Prensa, ni ofrecer una nota explicativa cuando la información es compleja. En este sentido, el estreno del canal del Vaticano en You Tube, donde se exponen con fluidez las actividades y enseñanzas del Papa, puede reflejar un deseo de mayor naturalidad en la comunicación del quehacer vaticano.

La Iglesia, diócesis y órdenes religiosas incluidas, requiere de un manejo audaz e inteligente de su propia palabra, en un mundo plural donde los católicos no somos necesariamente más escuchados, leídos y creíbles por el solo hecho de ser católicos. Si no nos organizamos de un modo que nos permita comunicar mejor lo que somos - y con un lenguaje eccesible a nuestros interlocutores-, corremos el riesgo de quedar en la sombra, haciendo peligrar nuestra misión fundamental: el anuncio del Evangelio. Tomemos un ejemplo local, es conocido el desconocimiento general que existe entre los católicos peruanos sobre cuál es la instancia que los representa –la Conferencia Episcopal Peruana (CEP). Pero para entender este desconocimiento habría que caer en la cuenta, por ejemplo, como algún periodista lo ha señalado, de la dificultad que los pocos periodistas interesados encuentran al indagar las incidencias de un hecho tan importante como la reciente elección de un nuevo presidente de la CEP.

Es verdad, comunicar dentro de una esfera de decisión expone y fragiliza, pero la información también crea comunión y enriquece el discernimiento eclesial ante problemáticas finalmente colectivas, atenuando la tentación de reducir las decisiones a una sola visión de los desafíos de la Iglesia, en una Iglesia que desde su nacimiento ha sido plural. De otra forma, la Iglesia institucional, en pleno siglo XXI, para muchos seguirá pareciéndose a aquel monasterio misterioso y oscuro descrito por Umberto Eco en El nombre de la Rosa. Una inmersión en los valores de esta cultura de la comunicación podría dar más sentido y credibilidad al extraordinario despliegue y a todos los esfuerzos que viene haciendo la Iglesia, y ojalá los siga haciendo, por utilizar los medios como plataformas de evangelización.

Deyvi Astudillo, S.J. Licenciado en Comunicación Audiovisual por la PUCP.

1. Diario La Croix, 05.02.2009
2. La mayor sanción que la Iglesia puede otorgar a uno de sus fieles.



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Benicio del Toro y Day-Lewis: ¿jesuitas?

Hace algún tiempo el cineasta Martin Scorsese había anunciado su deseo de realizar la versión cinematográfica de la novela Silencio, un drama sobre dos jesuitas ambientado en el Japón del siglo XVII. Sin embargo, recientemente el proyecto ha cobrado mayor relevancia al saberse que contaría con actores de lujo, Daniel Day-Lewis, Benicio del Toro y posiblemente el mexicano Gael García Bernal.

El guión de Silencio, que comenzará a filmarse en el curso de este año 2009 en Nueva Zelandia, está basado en la novela homónima del escritor japonés Shusaku Endo, fallecido en 1996. Los personajes centrales son dos jesuitas portugueses que deben enfrentarse a la violencia y la persecusión cuando viajan a Japón para localizar a su mentor y divulgar el Evangelio. La obra narra la severa persecución a la que Japón -mayoritariamente budista y sintoísta- sometía a quienes se convertían al cristianismo, la mayoría pobres campesinos que pasaban así a la clandestinidad.

Scorsese, católico de nacimiento, es autor de películas como "La edad de la inocencia", "Los infiltrados", que le valió el Oscar en 2007, "Pandillas de New York", "Casino" y la controvertida "La última tentación de Cristo".

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